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El Camino A La Escuela

Por: Doris Elena Suaza Suescún
Comienza la clase el lunes muy temprano, las caritas lavadas y sonrientes de los estudiantes dan cuenta de que inicia una nueva semana con alegría, con entusiasmo, aún después de una larga jornada para llegar al Tecnológico COREDI, jornada que yo imaginaba, pero jamás había vivido.
Así que, con el propósito de conocer los proyectos productivos y pedagógicos de cuatro jóvenes, pero también con el objetivo de experimentar la aventura que ellos, con gusto y con gran valentía, viven para poder llegar a clase, nos embarcamos hacia un territorio ubicado entre los municipios de Frontino y Dabeiba, en el Departamento de Antioquia.
Desde Medellín hasta Frontino viajamos en bus en un trayecto que tardó 5 horas. De ahí partimos en moto hacia el corregimiento La Blanquita, a donde llegamos después de una travesía que duró otras 5 horas. Nos esperaban dos de nuestros estudiantes. Difícilmente puede describirse la carita de los chicos cuando nos vieron llegar, la luz de una inmensa alegría brillaba en sus ojos: ¡llegaron los profes! No lo podían creer y nosotros tampoco. Los abrazos no fueron suficientes para expresar lo felices que estábamos todos. Había terminado el primer día.
El segundo día comenzó muy temprano. Visitamos las fincas de Jarrison e Iván Darío, nuestros jóvenes estudiantes, ubicadas a dos horas caminando la primera y media hora en moto la segunda. Pudimos palpar sus logros, sus aprendizajes, también sus sueños. Después de recorrer el trayecto que ellos llevan trasegando durante casi tres años para llegar a clase, entendimos muchas cosas que antes difícilmente alcanzábamos a imaginar.
La hospitalidad de nuestros chicos y sus familias fue grandiosa. La mamá de uno de ellos nos alojó y nos alimentó como si fuéramos sus hijos.
Recorrer las fincas de los estudiantes y ver lo que hacen y lo que proyectan fue maravilloso, un aprendizaje para quienes somos sus docentes. En condiciones nada sencillas, suelos excesivamente arcillosos, largas distancias de recorrido, altas pendientes, zonas casi olvidadas por el estado, sin conectividad telefónica ni de internet, así viven las familias que con su incansable trabajo proveen de alimento y esperanza a nuestro país.
Al día siguiente, ya el tercero, partimos a primera hora hacia el resguardo indígena Chuscal de Murrí, ubicado en el municipio de Dabeiba. Fueron cinco horas en mula, atravesando cuatro ríos, caminos en piedra y senderos construidos durante años por las comunidades que habitan mas allá de las montañas que vemos desde La Blanquita, mucho mucho más allá.
Vimos paisajes hermosos y en la mitad del trayecto nos encontramos con las primeras viviendas indígenas: Aguas Claras. ¿Es aquí? No profe, todavía falta la mitad, nos respondió nuestro guía, uno de los dos estudiantes indígenas que visitamos en la segunda parte de esta aventura. Así que nos acomodamos en las mulas preparando nuestros isquiones para el camino que aún debíamos recorrer. A la una de la tarde nos encontramos con un río más grande que los anteriores, ahora sí, ¡habíamos llegado! Solo fue atravesarlo y ahí estaba la comunidad, esperándonos.
Wilson y Enrique, de la etnia Embera Eyabida, miembros de este resguardo, con la timidez que los caracteriza, nos recibieron también con alegría. Luego de almorzar recorrimos los alrededores del caserío donde viven la mayoría de familias, visitamos la escuela, conversamos con algunas personas y en la noche, después de una tercera jornada maravillosa, pero nada fácil, nos dispusimos a descansar luego de pedirle a la madre de Enrique que nos pintara la cara con jagua al mejor estilo Embera.
Pasamos la noche en las mismas condiciones en que los indígenas de esta comunidad pasan la noche: en el suelo, sobre una cobija y con una cobija sobre nosotros. ¡Solo eso! ¡Y dimos gracias al cielo cuando vimos la primera luz del día, había amanecido por fin!
Comenzaba el cuarto día. Mi compañero de aventura, Yván el Decano, se fue al río a tomar un baño y yo solo me lavé la cara, el frío era tanto que me resultaba imposible tomar aquel riesgo, podía quedar congelada en el acto. Luego de desayunar salimos a caminar para conocer las parcelas en las que nuestros estudiantes planeaban implementar sus proyectos. Otro aprendizaje para nosotros los docentes, entre la teoría y la práctica había un gran trecho. ¿Habíamos fallado? Muchas preguntas nos atravesaron el cerebro, pero sobre todo el corazón en aquel momento y en especial en el que siguió…
Nos reunimos mas tarde con la comunidad. La escuela fue el escenario de la reunión. Alrededor de preguntas como las que acabo de mencionar, conversamos un buen rato. ¿Sabían ustedes que Wilson y Enrique estudian agroecología? Preguntamos. ¿Y qué es eso? Respondían en su idioma. Entre explicaciones técnicas, anécdotas y relatos combinando el idioma embera con el castellano, conversamos largamente. “Pero es que nosotros no sembramos el maíz, lo regamos al voleo en el bosque y el maíz crece”, decían algunos, mientras otros respondían, “pero eso también es agroecología”. Habían comprendido.
¿Es pertinente para nuestros estudiantes indígenas, la formación que hacemos desde el Tecnológico? Es una de las preguntas que me hago. Aún no hallo la respuesta, por supuesto, y presiento que serán muchas respuestas. Wilson y Enrique tienen una inteligencia especial. Su cultura, su idiosincrasia, su cosmogonía, su relación con la naturaleza y con su gente, son definitivamente distintas a las de otros estudiantes indígenas, y en especial a las de aquella población campesina que constituye mayoría en la institución.
Pero todos ellos, campesinos, indígenas, afros, mujeres y hombres que habitan nuestros territorios rurales, que se han encontrado con la agroecología de forma casual o como producto de una búsqueda consciente, son nuestra razón de ser en el Tecnológico. Su esperanza en un mejor presente y un futuro mas feliz, alimentan nuestra esperanza de que es posible construir cada día una sociedad en la que vivir bien sea una realidad y no solo un sueño.
*Docente del Tecnológico COREDI
Ing. Agrónoma MSc Pedagogía y Diversidad Cultural
Relato de visita realizada en agosto de 2018
RED IESAC